lunes, 24 de agosto de 2009

Un fin de fiesta amargo

Cuando un atleta llega a la meta en primera posición en una final de un Campeonato del Mundo de Atletismo, de la prueba reina como son los 1.500 metros, lo normal es que explote de alegría, que coja su bandera y se líe a dar vueltas al estadio como un poseso. Pues esta tarde no ocurrió así... Natalia Rodríguez hizo una carrera maravillosa. Corrió inteligentemente, se movió con excelente veteranía y ganó con una fuerza increible. Pero al llegar a la meta como campeona del mundo no saltó de alegría. Cogió la bandera española, pero no corrió. Solo se disculpó y lloró, y esperó una sanción que lógicamente se acabó produciendo. Y fue descalificada.

A falta de 200 metros progresó hasta la primera posición. Vio un hueco por la cuerda y se metió, pero la atleta etíope Gelete Burka, al verse sobrepasada intentó cerrarla, acabando con sus huesos en el tartán.

Yo soy árbitro de varios deportes, que ahora no vienen al caso, y la primera máxima de un buen árbitro es sancionar aquello que todo el mundo ha visto, aunque no se haya producido. Si un delantero se tira en el area y el defensa admite el penalty y le pide perdón... ¡es penalty! Y el público lo entenderá así.

Creo que Natalia se auto-explusó. Seguramente no era consciente y aprenderá para próximas ocasiones (que deseo de todo corazón que lleguen). Pero de nada sirven los recursos de la Federación Española, ni que los jueces después de ver el incidente mil veces repetido a cámara lenta vean que no hay nada punible en ella. No se le puede dejar de sancionar, por su acto de confesión. Me duele muchísimo, pero así son las cosas. Os dejo el video para que juzgueis vosotros mismos.



Una atleta rusa se pasó toda la primera vuelta dando codazos y empujones y no le pasó nada. Lamentablemente se juzga más el efecto mediático que la antideportividad de las acciones. Quizás se debería reflexionar sobre este hecho.

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